Y, por fin, el final del día. Por fin por una parte, porque por otra había sido uno de los mejores días que habías pasado en mucho tiempo. Con esa sonrisa idiota que solo tienes cuando llegas a casa después de haberte reído como una tonta durante más de media tarde, tiras las llaves en la bandeja que hay sobre el mueble de la entrada y, mientras pasas al salón, vas quitándote la chaqueta, y la bufanda. Vale que sea mediados de Marzo, pero aún hace frío, a veces. Quitándote el pañuelo del cuello, te tiras en el sofá sacando el móvil y te pones a mirar las fotos, encendiendo la tele con aspecto distraído. Vaya, Europa FM salta casi de manera autómata en la radio que tiene integrado el televisor. Amaral. Mis amigos. Joder, ni poniendo tú misma la canción lo hubieses elegido tan bien, ¿verdad? Sonríes, y te ríes, mirando la pantalla del móvil donde has guardado los recuerdos de una tarde que sabes que no vas a olvidar, y te ríes recordando la caída de aquel momento, la tontería de aquella otra foto, la broma de esa otra más.
"Son mis amigos..." La radio sigue sonando. Más alto, quizá más fuerte. Es increíble cómo una sola canción puede recordarte tantas cosas, y sin embargo es algo que pasa absolutamente a todo el mundo y absolutamente todos los días. Depende de tu estado de ánimo, claro está, pero aparte de eso, todos nos hemos identificado en un momento u otro de nuestras vidas con una canción, que la escuchas y dices: "Joder, como ese día en que..." Y, a veces, eso duele. Pero solo a veces. Y este no es uno de esos momentos.
Mientras empiezas a pasar las fotos del móvil para guardarlas a buen recaudo en tu ordenador, suena el teléfono. Vives sola, y tus padres ya han hablado hoy contigo. Hay un momento en el cual te quedas completamente desconcertada al mirar el número y ver que el marcador de llamadas no lo consigue identificar, pero lo cojes de todos modos atribuyendo la hora a alguna encuesta o entrevista telefónica. Contestas con un simple "¿Sí?" más bien tembloroso, todo hay que reconocerlo. La policía. Joder, ¿qué coño hace la policía llamando a tu casa, a estas horas? Vale que solo sean las nueve de la noche, pero eso siempre alarma. El tono de voz de la mujer que te habla al teléfono consigue asustarte aún más si cabe, y a medida que la conversación avanza, las piernas te empiezan a temblar clamando por piedad un asiento para no dejarte caer. Estás esperando el momento en el que la chica se ría. Estás esperando, mientras miras alrededor en busca de la maldita cámara oculta. Bajas la radio, le pides que te lo repita. Por piedad.
No podía ser. Ya no estaba. Ya no... no estaba, simplemente.Se había ido al igual que esta tarde llegó, después de tanto tiempo desaparecida. Ella, tu mejor amiga. Ya no estaba. Venga... no puede ser, apenas ha pasado media hora, joder, joder. Ella no puede... Joder. Esperas, aún tienes la esperanza, de que la mujer al teléfono, que está callada desde hace más de tres minutos, abra la boca y diga algo. Y, cuando lo hace, lo únido que escuchas es un suave "¿Sigue ahí?" Pero no. Tú ya no estás ahí. Vamos, empiezas a rezar porque te diga que es una maldita broma, una broma pesada, sí, pero que no deja de ser una broma. Ella no puede haberse ido, íbamos a hacer tantas cosas, tantos países, tantas... tantos planes. Joder, ¿por qué tú, por qué ahora? No lo entiendes, ni quieres entenderlo.
La canción se te antoja ahora tremendamente extraña, lejana, dolorosa. Lacera. Duele. Se ríe de tí en tu puta cara, y le gusta. Dejas caer el teléfono, que, contra todo pronóstico, no destapa aquella horrible jugada del destino, y este rebota contra el suelo perdiendo la conexión. Gritas. Lloras.
Lo siento. Aún a día de hoy me arrepiento. De habernos enfadado por cosas idiotas y, joder, de no haberte pedido perdón. De que hubieses sido tú y no otro. De no haberte acompañado a casa. De... de tantas cosas que pudieron cambiarlo. Dame un puto típex, por favor. Entra al laboratorio donde se retocan los recuerdos y úsalo. Y me acuerdo del cariño, de todos esos besos que a veces no di.

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