Arrancó el coche, muerta de frío. Menudo día de perros. Al aparcar en el parking del colegio, salió y echó a correr, con la carpeta encima de la cabeza, cosa que no le impidió quedar empapada hasta los huesos. Lluvia y frío. Menudo día.
Entró a la clase y la mañana transcurrió sin notables cambios. Cuando llegó la última hora, decidió realizar un experimento del cual tenía muchas ganas de saber la respuesta.
-A ver... Quiero que cada uno piense bien lo que quiere ser de mayor, y que me lo diga. Venga, tú primero, Alex.Alex le contestó que quería ser médico. Le tocó el turno a Paula. Veterinaria. Mario, peluquero. Estefanía, Pablo y María enfermeros. Marina quería ayudar a los más necesitados, y Desireé montar un negocio propio, quizá una tienda de ropa. Aún no lo sabían, eran muy niños y les costaba decidirse por un solo camino, como es lógico.
Lo que a ella le asombró, si embargo, fue la rápida y firme respuesta de Lucas.
-Señorita, yo quiero ser feliz.Al finalizar la clase, ella llamó a Lucas y le sonrío. Su afirmación le había dado mucho en qué pensar.
¿Sabes qué, Lucas? Tu respuesta me ha dado mucho en qué pensar, y muchas cosas en las que reflexionar. Y tus palabras me han hecho replantearme si es esto lo que quiero con mi vida. He descubierto que, en cierta medida, sí. Pero gracias a tí también he comprendido que me faltan cosas por hacer, decisiones que tomar y cosas de las que arrepentirme y solucionar. Sin embargo, espero que realmente tú si puedas conseguirlo.Le revolvió el pelo al muchacho y le sonrió, tomando su cartera y saliendo del aula a toda prisa. Encima de la mesa, dejó una simple carta dirigida al director. Un despido, un adiós y ninguna explicación. Arrancó el coche, pasó por casa y cogió simplemente lo imprescindible. Lo que no podía abandonar. Sabía que jamás volvería a pisar aquel lugar.
Y condujo, hasta donde era necesario, hasta donde le guiaba su corazón, hasta donde le llevaban las palabras de Lucas.
Y, de pronto, se vio empapada, helada y ante una puerta de roble macizo. Sin pensarlo dos veces, llamó a la puerta. Ella, de niña, también quería ser feliz. Y eso era lo que había venido a buscar.
Él abrió. Sonrió, asombrado, confuso, pero, por encima de todo, encantado de volver a verla.
-Oye,...¿qué...?No hace falta mencionar que no le salían las palabras de sus labios. A ella, sin embargo, le salían de manera atropellada y confusa.
-Yo... tú,... no debí marcharme, oh, Dios, lo siento tantísimo, que no tienes ni la menor idea de... yo te he... echado de...Y, sin perder tiempo, él la hizo callar con un beso. Un beso suave, pero intenso. Un beso breve pero largo, cálido. Un beso en el que ambos debían decirse tantas cosas, que por eso, no había necesidad de hablar.
Y esque a veces, si no en la mayoría de los casos, las palabras sobran, y basta con un beso para decir todo lo que hemos callado.
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