Increíble maquina el ser humano. Como descubrió Darwin hace ya tantos años, y como cualquier animal, somos seres capaces de adaptarnos a las adversidades de la vida, a los cambios infructuosos del destino. De adaptarnos a cualquier circunstancia. Dolor, risa, llanto. Superamos el dolor. Podemos imaginar la felicidad, tratar de atraparla, perderla, encontrarla, alejarnos de ella, rechazarla por hacer felices a otros. Cerramos capítulos de nuestras vidas para abrir otros. Dejamos pasar oportunidades que no se volverán a presentar, u optamos por perdernos en las ventanas que se van abriendo a nuestro paso sin rechazar ninguna.
Somos, en realidad, una serie de números complejos que se adaptan a unas sucesiones marcadas por el destino, o que tenemos agallas para crear nuestras propias progresiones aritméticas. Con el tiempo. O geométricas, con la distancia. Complejo.
Olvidamos. Rompemos unas historias para empezar otras. Fallamos, caemos, nos levantamos. Nos arrepentimos de lo que hemos hecho. Y también de lo que no. Empezamos de cero, una y otra vez. Hacemos daño, y también nos dañamos. Nos parten el corazón y rompemos corazones. Pero seguimos, inquebrantables, hacia adelante. Reprimimos sentimientos, dejamos correr las lágrimas, ahogamos la pena en alcohol y la ira en rabia, en golpes. Sofocamos la pasión más intensa.
¿Y todo para qué? Para después, en apenas un segundo, darnos cuenta de que todo lo que hemos hecho no sirve para nada. Solo un segundo, lo justo y necesario para llegar a comprender que esa puerta que creímos sellada… jamás se cerró con llave.
Que maquina más aterradora el ser humano. Como dicen, “un amasijo de indicadores, diales, contadores, de los que solo podemos ver unos pocos, y esos pocos, tal vez... sin ninguna precisión”.

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