Llega un momento en el que ya no te crees nada de lo que te dices. Es cuando te das cuenta de que, con los años que pasan, a toda promesa le ha salido un pequeño matiz. "Te querré hasta fin de año", "Tendremos un hijo para cada uno; se llamarán como tu cartero y mi estilista", "Viviremos en casa de tus padres, cuando se mueran los dos".
Prometer es mentirle al destino. Prometer es perder por adelatado.
Hipotecar lo inexorable. Prorratear lo inexpugnable. Autojoderse en diferido. Aunque claro, parece que prometerse las cosas acaba siendo necesario para avanzar. Con uno mismo, pero también con los demás. Porque es algo que actúa como timón de las relaciones sentimentales: marca el rumbo a seguir, pero ni de coña te esperes que sople el viento que moverá tus velas.
Pero, esque si no prometes nada, tarde o temprano te vas a enfrentar a la pregunta a la que se enfrentan los que cometen la desfachatez de vivir al día, de disfrutar el momento, de habitar sola y exclusivamente en el presente. "Cariño, ¿hacia dónde va lo nuestro?" Yo cada día me siento más orgullosa de mis dudas. Las únicas que, con el tiempo, acaban siempre confirmándose. Las únicas que, con los años, jamás me van a traicionar.
Hoy, mientras la palabra "nosotros" se me escurre líquida entre los dedos me voy dando de bruces con todas y cada una de mis incompetencias emocionales. No he sido capaz de hacerte feliz. No he sido capaz de estrecharte entre mis lazos. No he cumplido ninguna de mis promesas. No he respondido casi ninguno de tus porqués.
Y, aún así, hay algo que quiero y puedo decirte.
Que, pase lo que pase a partir de ahora, yo voy a quererte toda la vida.
Te lo prometo.
![]() |
| I promise. |

No hay comentarios:
Publicar un comentario