Quiero que te quede bien clara una cosa: la felicidad es una utopía. Así que puedes ir dándote con un canto en los dientes si cuando seas independiente tienes un lugar donde dormir, un plato que llevarte a la boca todos los días y alguien que te abrace durante las frías noches de invierno. Con un canto en los dientes.
Y entonces de pequeños, ¿por qué siempre nos pintan la felicidad como la aparición de algo especial? De pequeños todo es color y alguien que nos espera detrás del arcoiris. Todo es risa, aun el llanto. Todo es tan grande, quizá porque tu eres tan pequeño... El caso es que creces. Creces, y te das cuenta de que ni todo es tan grande ni hay tanta risa como parece en un principio. Que hay llantos que duelen más que mil caídas. Y que levantarse, a veces, es imposible, aunque necesario para sobrevivir.
Y que es tan difícil ver el arcoiris donde se esconde esa persona... que incluso hay veces que ni siquiera ves ese arcoiris porque la tormenta te lo tapa por completo. Porque hay nubes negras que no te dejan ver ni un resquicio de sol. Y hay veces que ese sol te es necesario para respirar.
Y te lo digo porque me ha pasado. Porque he encontrado a ese tipo de persona que te tapa el sol porque brilla más que él, y que las nubes negras se disipan con la brisa de su aliento sobre tu oído. Oído que hoy será de otra, igual que antes de que tú los besaras. Y duele, claro que duele, y hay veces que deseo volver a la infancia para caerme de un columpio y reírme al pensar que eso, en comparación, apenas duele. Que hay veces que creía terminadas las lágrimas y lo único que han hecho es retornar con más fuerza a mis ojos.
Y lo echo de menos. Sentirme así, tan viva, tan niña, por ti. Lo echo tanto de menos... Tanto como a ti. Te echo tanto de menos, que a veces pienso que no tiene sentido sin ti, que nada lo tiene, en realidad. Que tú te escondes en el arcoiris y que el arcoiris se esconderá de mí por toda la eternidad.
Que la felicidad es una utopía, sí, pero una utopía que me muero por alcanzar. Que me muero por alcanzarte y estar contigo.
Y sé que suena triste, pero dame una utopía.
Entrégate, besa, corre, vuela, y, sobre todo... enamórate, sé feliz. Sé tú mismo, porque no hay nada más importante para el mundo :)
Stuffs
Welcome, I thing. :)
jueves, 24 de febrero de 2011
viernes, 11 de febrero de 2011
Ebb And Flow.
Comprendí que las lágrimas no podrían hacer que alguien que había muerto volviera a vivir. También aprendí otra cosa sobre las lágrimas... con ellas no puedes hacer que alguien que ya no te quiere vuelva a quererte. Lo mismo ocurre con las oraciones. Me pregunto qué porcentaje de su vida desperdicia la gente llorando y rezando a Dios para que cosas que han pasado no hubiesen pasado.
La verdad, yo creo que el diablo tiene más sentido que Dios. Al menos entiendo por qué la gente quiere que exista... va bien tener a alguien al que echarle la culpa de las cosas malas que uno hace.
A lo mejor Dios existe porque a las personas les asusta todas las cosas malas que son capaces de hacer. Creen que Dios y el diablo siempre están jugando con ellos al tira y afloja... y nunca saben en que lado van a acabar. Supongo que la teoría del tira y afloja explica por qué a veces... incluso cuando la gente intenta hacer algo bueno... de todos modos, sale mal.
La verdad, yo creo que el diablo tiene más sentido que Dios. Al menos entiendo por qué la gente quiere que exista... va bien tener a alguien al que echarle la culpa de las cosas malas que uno hace.
A lo mejor Dios existe porque a las personas les asusta todas las cosas malas que son capaces de hacer. Creen que Dios y el diablo siempre están jugando con ellos al tira y afloja... y nunca saben en que lado van a acabar. Supongo que la teoría del tira y afloja explica por qué a veces... incluso cuando la gente intenta hacer algo bueno... de todos modos, sale mal.
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| Tira&Afloja. |
domingo, 6 de febrero de 2011
Time.
Tiempo. Tiempo de cambiar, no sé, de lluvia o de sol. Me da un poco igual, solo necesito un poco de tiempo. Un poco de tiempo y una nueva razón que ocupe mi mente. Algo realmente importante que aparte todo lo demás de un plumazo. No sé si me entiendes, es algo que vengo necesitando desde hace un montón de tiempo. Coger un coche y echar a rodar con unos cuantos amigos y sin ningún pasado. Con risas y con expectativas, y con ganas. Eso es lo que quiero. Ganas. Ganas de seguir haciendo lo que me gusta, ganas de salir, de bailar, de reír, de conocer, y sobre todo ganas de olvidar.
Hay veces que el pasado duele. Duele más que un puñetazo. Pero hay otra cosa que duele más, y es la realidad. Cuando tienes un sueño, y te aferras a él y un día... te levantas y ves cómo el sueño se ha terminado. Entonces es cuando la Señora Realidad viene a darte dos buenas hostias, porque las mereces, por patética. Y a veces eso duele más que el pasado, pero solo a veces.
Los sentimientos de pérdida no son buenos. Ningún sentimiento es bueno, de hecho. De ese tipo. Todos traen recuerdos, y los recuerdos hacen daño. Pero como no podemos deshacernos de esa clase de cosas, pues hay que aprender a vivir con ello, y basta.
Y eso es lo que necesito. Tiempo, razón y ganas para dejar atrás el pasado y labrarme un buen futuro. Uno feliz.
Tiempo para mí.
Hay veces que el pasado duele. Duele más que un puñetazo. Pero hay otra cosa que duele más, y es la realidad. Cuando tienes un sueño, y te aferras a él y un día... te levantas y ves cómo el sueño se ha terminado. Entonces es cuando la Señora Realidad viene a darte dos buenas hostias, porque las mereces, por patética. Y a veces eso duele más que el pasado, pero solo a veces.
Los sentimientos de pérdida no son buenos. Ningún sentimiento es bueno, de hecho. De ese tipo. Todos traen recuerdos, y los recuerdos hacen daño. Pero como no podemos deshacernos de esa clase de cosas, pues hay que aprender a vivir con ello, y basta.
Y eso es lo que necesito. Tiempo, razón y ganas para dejar atrás el pasado y labrarme un buen futuro. Uno feliz.
Tiempo para mí.
Unfair.
Y le echo de menos. Creí que, con el paso del tiempo, se haría menos doloroso, pero no es así. En absoluto. Solamente duele de otra manera, no lacera como al principio, ni ahoga, pero atormenta la mente, metiéndose en lo más profundo de tu ser y dejándote fría, desprotegida y perdida cuando menos te lo esperas.
Y no creo en Dios, pero recé por ti. Por nosotros. Porque no es justo que, recién encontrándote, te pierda. Porque no es justo eso para mi, pero no es justo para ti que desaparezcas de la vida con apenas diecinueve años. No es justo que apenas puedas ver la luz que la vida te ofrece, y que no hayas tenido culpa alguna. No es justo que te me hayan arrebatado de mis brazos. Aunque lo han tenido que hacer con uñas y dientes, pero han ganado, lo han hecho, y te has ido. Y no es justo que tu recuerdo desaparezca cuando lo hagamos nosotros. Y nada de eso es justo, porque no lo mereces. Porque merecías ser la persona más feliz del mundo, mi vida, porque tú eras mi sol y mis estrellas.
Pero ya no estás. Ya no estás y basta. Y tengo que dejar de hablarle a tus fotos, y a tu lápida, y a tu recuerdo. Tengo que seguir adelante. Siento que a veces estás a mi lado y me ayudas con todo esto, es verdad, te siento a menudo junto a mi. Y te lo agradezco. Te mereces el cielo y más, si esque lo hay.
Y recé, y recé. Recé todos los días, a todas horas. Después, como no había respuesta, recé más alto. Y, al final, cuando te llevaron de mi lado, lo comprendí. No era que no rezase lo suficientemente alto, o lo suficientemente fuerte. No. El caso era que no había nadie escuchándome.
Y veo, una vez más, esa carta escrita con tu letra. Tú sabías que te ibas antes que yo. Cierro los ojos sintiendo dos lágrimas resbalar por mis mejillas y apretando la pequeña nota contra mi pecho, esas dos únicas frases que tuviste tiempo de dedicarme.
"Que tus futuras alegrías no maten mi recuerdo...
Pero que mi recuerdo tampoco mate tus futuras alegrías."
Y no creo en Dios, pero recé por ti. Por nosotros. Porque no es justo que, recién encontrándote, te pierda. Porque no es justo eso para mi, pero no es justo para ti que desaparezcas de la vida con apenas diecinueve años. No es justo que apenas puedas ver la luz que la vida te ofrece, y que no hayas tenido culpa alguna. No es justo que te me hayan arrebatado de mis brazos. Aunque lo han tenido que hacer con uñas y dientes, pero han ganado, lo han hecho, y te has ido. Y no es justo que tu recuerdo desaparezca cuando lo hagamos nosotros. Y nada de eso es justo, porque no lo mereces. Porque merecías ser la persona más feliz del mundo, mi vida, porque tú eras mi sol y mis estrellas.
Pero ya no estás. Ya no estás y basta. Y tengo que dejar de hablarle a tus fotos, y a tu lápida, y a tu recuerdo. Tengo que seguir adelante. Siento que a veces estás a mi lado y me ayudas con todo esto, es verdad, te siento a menudo junto a mi. Y te lo agradezco. Te mereces el cielo y más, si esque lo hay.
Y recé, y recé. Recé todos los días, a todas horas. Después, como no había respuesta, recé más alto. Y, al final, cuando te llevaron de mi lado, lo comprendí. No era que no rezase lo suficientemente alto, o lo suficientemente fuerte. No. El caso era que no había nadie escuchándome.
Y veo, una vez más, esa carta escrita con tu letra. Tú sabías que te ibas antes que yo. Cierro los ojos sintiendo dos lágrimas resbalar por mis mejillas y apretando la pequeña nota contra mi pecho, esas dos únicas frases que tuviste tiempo de dedicarme.
"Que tus futuras alegrías no maten mi recuerdo...
Pero que mi recuerdo tampoco mate tus futuras alegrías."
viernes, 4 de febrero de 2011
Breathe.
Ella miraba por la ventana. Él, también. Y se querían, se querían mucho. Estaban juntos, y parecía que nada importaba. Él iba a proponerle un noviazgo pronto. La amaba desde hacía tanto tiempo...
Pero bueno, estas cosas de la vida son tan imprevisibles como perecederas, tan impactantes como mortíferas. Cuando se quisieron dar cuenta, ya era tarde.
La leucemia se había extendido por todo su cuerpo. Pero esto es algo que ella no supo en un principio. Él suspiró. Con un par de vanas excusas, cortó la relación por lo sano, para que ella sufriese menos. Y, un día, ella llamó a su casa. Y él no contestó. Él ya no estaba.
Simplemente. Atroz, mortífera, la vida. Les sacudió a los dos. Principalmente. Les dejó sin aliento, tendidos en el suelo, fuera de juego, sin saber cómo volver al campo. Perdidos, sin centro, sin norte, pero tampoco sur o cualquier otro punto cardinal.
Él se fue. Él se fue un enero frío y húmedo. Quizá el tiempo se compadeció de nuestra historia: no lo sé. Solo se que él se fue antes de que yo pudiese confesarme. Antes de que pudiese decirle cuánto le amo, o demostrárselo, o... Se fue. Se fue y ya está. Y no puedo quedarme cuando él no está, no puedo. No puedo con ello.
Nunca le tuve. Pero le quise. Y sé que él me quiso. Espero que eso, en algún otro momento, y aunque no crea en Dios... espero que eso pueda ser suficiente. En otra vida. o Más Allá. Espero encontrarte, mi amor.
"Tú nunca serás mío. Y, por eso, te tendré para siempre."
Pero bueno, estas cosas de la vida son tan imprevisibles como perecederas, tan impactantes como mortíferas. Cuando se quisieron dar cuenta, ya era tarde.
La leucemia se había extendido por todo su cuerpo. Pero esto es algo que ella no supo en un principio. Él suspiró. Con un par de vanas excusas, cortó la relación por lo sano, para que ella sufriese menos. Y, un día, ella llamó a su casa. Y él no contestó. Él ya no estaba.
Simplemente. Atroz, mortífera, la vida. Les sacudió a los dos. Principalmente. Les dejó sin aliento, tendidos en el suelo, fuera de juego, sin saber cómo volver al campo. Perdidos, sin centro, sin norte, pero tampoco sur o cualquier otro punto cardinal.
Él se fue. Él se fue un enero frío y húmedo. Quizá el tiempo se compadeció de nuestra historia: no lo sé. Solo se que él se fue antes de que yo pudiese confesarme. Antes de que pudiese decirle cuánto le amo, o demostrárselo, o... Se fue. Se fue y ya está. Y no puedo quedarme cuando él no está, no puedo. No puedo con ello.
Nunca le tuve. Pero le quise. Y sé que él me quiso. Espero que eso, en algún otro momento, y aunque no crea en Dios... espero que eso pueda ser suficiente. En otra vida. o Más Allá. Espero encontrarte, mi amor.
"Tú nunca serás mío. Y, por eso, te tendré para siempre."
True Story.
Esta no es una historia cualquiera. Esta es la historia de dos personas que se amaban con toda su alma, que habían entregado sus corazones contra viento y marea en pos de conseguir su sueño. Es una historia de amor tan linda como increíble.
Y lo lograron. Casi. Es curioso como una simple palabra puede marcar tamaña diferencia. Casi lo lograron.
Él la quiso. Y ella también le quería. No diré nombres, pues no es necesario. Como ya digo, Ella le quiso y él a veces también la quería. Se amaban , es verdad, testigo soy de ello. Pero supongo que, pese a lo que dicen, el amor no es tan poderoso. Puede serlo, claro que sí, pero no suele salir victorioso a los vaivenes desconsiderados con los que el destino ataca despiadado.
Ellos, ambos, nacieron en un pequeño pueblo. Tú dirás: ¿Dónde? Y yo te respondo: ¿qué más da? Nacieron en un pueblo, el mismo, y era pequeño. Tampoco hace falta más. Crecieron juntos. Toda su infancia, toda su vida. Fueron confidentes, pero fueron más que eso. Al principio, el ni contigo, ni sin ti. Los roces de amigos, de mejores amigos, casi como hermanos. Pero el tiempo fue motivando sus corazones, de modo que cuando cumplieron la adolescencia, descubrieron que, cuando se miraban el uno al otro, el tiempo se detenía. Y después se reanudaba, más rápido, para recobrar el tiempo perdido. Y pactaron que solo Dios separase lo que aquel día había juntado.
Ellos se enamoraron un 23 de septiembre de 1948. Bueno, yo personalmente opino que llevaban enamorados toda una vida. Pero la época no les acompañaba. Sus padres se vieron obligados a emigrar, y apartaron de ahí al pobre muchacho. Él tuvo que marcharse por su familia, aunque personalmente jamás hubiese abandonado al amor de su vida.
"Ni Romeo, ni Julieta... o los Amantes de Teruel. Ni el mayor caso de amor se llegaron a querer como se quieren los dos."
Se asentó como pudo en aquella ciudad alejada. Alejada de ella, aunque cercana a todo lo demás. Ella era su punto de referencia. Ella era su civilización, su familia, su brújula dorada. Ella. Y, en su caso, esa palabra abarcaba mucho más de lo que a simple vista puede parecer.
Encontraron trabajo. Trabajaron. Se escribían casi diariamente al principio. Después, con el ajetreo de la gran ciudad, las cartas del muchacho comenzaron a llegar más escasas y tardías. Los días se convirtieron en semanas, y las semanas, en meses, y los meses dieron paso a los años más dolorosos y vacíos que ambos hubiesen soportado nunca antes.
Y el tiempo cambió a la muchacha por una mujer. Una mujer preciosa. Cabello rubio, ojos verdes, mejillas sonrosadas. Los ojos, sin embargo opacos a diferencia de cuando se perdían en el ámbar guía de los de él.
Y cambió al muchacho por un hombre. Alto, moreno, fornido. Manos callosas, de trabajar. Cara pecosa a causa del sol. Arrugas en la cara por la sonrisa permanentemente fingida.
Y ambos se vieron obligados a rehacer su vida, habiendo admitido, con aquella última carta, la indubitable verdad absoluta: Tenían que seguir. Aquello no saldría bien. Los sueños, sueños son, y en sueños permanecerán.
Y ahora que ya son mayores, se perdieron las promesas. Aunque sigan con esa pena, aunque no se han olvidado.
Cada uno guarda la foto del otro bajo la almohada. Y yacen junto a sus parejas. Y ven crecer a sus hijos, morir a sus padres. El tiempo pasa, aunque para ellos se halla quedado estancado en aquel momento en que sus ojos se enfrascaron, perdiéndose en los otros por última vez. Hace ya más de cuarenta años.
Y, un día, se levantan y son mayores. Se levantan y sienten achaques, y apenas pueden moverse, y sus ojos titilan brillantes a causa de los innumerables recuerdos que surcan su mente en busca de un sueño al que aferrarse, una ilusión que remiende esa esperanza antaño hecha jirones.
Y un día una mujer con el pelo encanecido, completamente blanco, se balancea a la puerta de una residencia, mirando la carretera donde le vio partir. Rezando. Esperando. Como había estado toda su vida. Esperándole.
Y, de pronto, la promesa se ha cumplido. El volvió un día al pequeño pueblo, a su tierra, donde ella aún residía. Y se fue a vivir a un asilo. El mismo en que vive ella.
Dos ancianos que se quieren aunque nunca han podido tenerse. Pero se han encontrado. Y, ahora, pueden ser felices... al fin.
Y lo lograron. Casi. Es curioso como una simple palabra puede marcar tamaña diferencia. Casi lo lograron.
Él la quiso. Y ella también le quería. No diré nombres, pues no es necesario. Como ya digo, Ella le quiso y él a veces también la quería. Se amaban , es verdad, testigo soy de ello. Pero supongo que, pese a lo que dicen, el amor no es tan poderoso. Puede serlo, claro que sí, pero no suele salir victorioso a los vaivenes desconsiderados con los que el destino ataca despiadado.
Ellos, ambos, nacieron en un pequeño pueblo. Tú dirás: ¿Dónde? Y yo te respondo: ¿qué más da? Nacieron en un pueblo, el mismo, y era pequeño. Tampoco hace falta más. Crecieron juntos. Toda su infancia, toda su vida. Fueron confidentes, pero fueron más que eso. Al principio, el ni contigo, ni sin ti. Los roces de amigos, de mejores amigos, casi como hermanos. Pero el tiempo fue motivando sus corazones, de modo que cuando cumplieron la adolescencia, descubrieron que, cuando se miraban el uno al otro, el tiempo se detenía. Y después se reanudaba, más rápido, para recobrar el tiempo perdido. Y pactaron que solo Dios separase lo que aquel día había juntado.
Ellos se enamoraron un 23 de septiembre de 1948. Bueno, yo personalmente opino que llevaban enamorados toda una vida. Pero la época no les acompañaba. Sus padres se vieron obligados a emigrar, y apartaron de ahí al pobre muchacho. Él tuvo que marcharse por su familia, aunque personalmente jamás hubiese abandonado al amor de su vida.
"Ni Romeo, ni Julieta... o los Amantes de Teruel. Ni el mayor caso de amor se llegaron a querer como se quieren los dos."
Se asentó como pudo en aquella ciudad alejada. Alejada de ella, aunque cercana a todo lo demás. Ella era su punto de referencia. Ella era su civilización, su familia, su brújula dorada. Ella. Y, en su caso, esa palabra abarcaba mucho más de lo que a simple vista puede parecer.
Encontraron trabajo. Trabajaron. Se escribían casi diariamente al principio. Después, con el ajetreo de la gran ciudad, las cartas del muchacho comenzaron a llegar más escasas y tardías. Los días se convirtieron en semanas, y las semanas, en meses, y los meses dieron paso a los años más dolorosos y vacíos que ambos hubiesen soportado nunca antes.
Y el tiempo cambió a la muchacha por una mujer. Una mujer preciosa. Cabello rubio, ojos verdes, mejillas sonrosadas. Los ojos, sin embargo opacos a diferencia de cuando se perdían en el ámbar guía de los de él.
Y cambió al muchacho por un hombre. Alto, moreno, fornido. Manos callosas, de trabajar. Cara pecosa a causa del sol. Arrugas en la cara por la sonrisa permanentemente fingida.
Y ambos se vieron obligados a rehacer su vida, habiendo admitido, con aquella última carta, la indubitable verdad absoluta: Tenían que seguir. Aquello no saldría bien. Los sueños, sueños son, y en sueños permanecerán.
Y ahora que ya son mayores, se perdieron las promesas. Aunque sigan con esa pena, aunque no se han olvidado.
Cada uno guarda la foto del otro bajo la almohada. Y yacen junto a sus parejas. Y ven crecer a sus hijos, morir a sus padres. El tiempo pasa, aunque para ellos se halla quedado estancado en aquel momento en que sus ojos se enfrascaron, perdiéndose en los otros por última vez. Hace ya más de cuarenta años.
Y, un día, se levantan y son mayores. Se levantan y sienten achaques, y apenas pueden moverse, y sus ojos titilan brillantes a causa de los innumerables recuerdos que surcan su mente en busca de un sueño al que aferrarse, una ilusión que remiende esa esperanza antaño hecha jirones.
Y un día una mujer con el pelo encanecido, completamente blanco, se balancea a la puerta de una residencia, mirando la carretera donde le vio partir. Rezando. Esperando. Como había estado toda su vida. Esperándole.
Y, de pronto, la promesa se ha cumplido. El volvió un día al pequeño pueblo, a su tierra, donde ella aún residía. Y se fue a vivir a un asilo. El mismo en que vive ella.
Dos ancianos que se quieren aunque nunca han podido tenerse. Pero se han encontrado. Y, ahora, pueden ser felices... al fin.
Not Too Late.
Y, entonces, te miré a los ojos. Y supe, no preguntes cómo, pero supe, que jamás serías mío. Quizá por esa sonrisa fraternal que me dedicabas, o por cómo la mirabas a ella. Ella, siempre ella. Pasaba contoneándose como un pavo real en celo delante de tus ojos, para que la mirases de arriba abajo, para que no perdieses dato de la carne tan bonita que lucía. ¿He dicho carne? Perdón, modelito, modelito.
Si hubiese sido otra, otra... quizás. Si yo hubiese sabido que te quería. Que te podría tratar como mereces, que te respetaría, que... no lo sé. Que quizá pudies
e tratar de hacerlo como yo. El amarte, digo. Aunque es absurdo pensar eso. Es absurdo pensar que nunca nadie puede amarte más que yo.
Luego todo pasó. Fue solamente una fiebre, provocada hormonalmente por esa furcia que se hacía llamar persona. Y pasó. Y me alivié mucho. Y tomamos caminos diferentes. Pero aún éramos amigos. Muy buenos. Pero siempre hay algo que puede con todo: el tiempo. Al igual que deteriora a las personas y a los hechos, va deteriorando las amistades hasta que ya no queda nada más que un: "Anda, mira, Tuenti me avisa de que es el cumpleaños de..." Y ese "de..." quizá fue tu mejor amigo. Creo que es eso lo que nos pasó a ti y a mi. Bueno, a ti, porque yo aún no te he olvidado, porque aún me duele. Porque pertenezco a ese marginal grupo de la sociedad: el de los que aman sin ser correspondidos. Y, encima, a su mejor amigo. Es patético, lo sé.
Pero aún a día de hoy, tantos años después, sigo pensando que todo cambiará, que volveremos a ser como antes. Como ya dije, la esperanza es lo último que se pierde, y aunque sea triste soñar algo que no sucederá, más triste es no soñar nunca más.
Luego pensé en todas las mujeres que te abrazarían. Que te harían reír. Ahí se me vino el mundo encima. Ahí salió el sol y... y la realidad se impuso. Y me paró los pies. Y borró de un plumazo todo lo que había sido aquella racha. De un plumazo, de verdad.
Y vino de la mano de un buen consejo, de un sentar la cabeza, de un madurar. Vino de la mano del saber que lo pasado pisado, y que lo que tenga que venir, vendrá. Y, cuando lo haga... pues ya habrá tiempo de plantarle cara.
Si hubiese sido otra, otra... quizás. Si yo hubiese sabido que te quería. Que te podría tratar como mereces, que te respetaría, que... no lo sé. Que quizá pudies
e tratar de hacerlo como yo. El amarte, digo. Aunque es absurdo pensar eso. Es absurdo pensar que nunca nadie puede amarte más que yo.
Luego todo pasó. Fue solamente una fiebre, provocada hormonalmente por esa furcia que se hacía llamar persona. Y pasó. Y me alivié mucho. Y tomamos caminos diferentes. Pero aún éramos amigos. Muy buenos. Pero siempre hay algo que puede con todo: el tiempo. Al igual que deteriora a las personas y a los hechos, va deteriorando las amistades hasta que ya no queda nada más que un: "Anda, mira, Tuenti me avisa de que es el cumpleaños de..." Y ese "de..." quizá fue tu mejor amigo. Creo que es eso lo que nos pasó a ti y a mi. Bueno, a ti, porque yo aún no te he olvidado, porque aún me duele. Porque pertenezco a ese marginal grupo de la sociedad: el de los que aman sin ser correspondidos. Y, encima, a su mejor amigo. Es patético, lo sé.
Pero aún a día de hoy, tantos años después, sigo pensando que todo cambiará, que volveremos a ser como antes. Como ya dije, la esperanza es lo último que se pierde, y aunque sea triste soñar algo que no sucederá, más triste es no soñar nunca más.
Luego pensé en todas las mujeres que te abrazarían. Que te harían reír. Ahí se me vino el mundo encima. Ahí salió el sol y... y la realidad se impuso. Y me paró los pies. Y borró de un plumazo todo lo que había sido aquella racha. De un plumazo, de verdad.
Y vino de la mano de un buen consejo, de un sentar la cabeza, de un madurar. Vino de la mano del saber que lo pasado pisado, y que lo que tenga que venir, vendrá. Y, cuando lo haga... pues ya habrá tiempo de plantarle cara.
Sad.
"Es triste soñar algo que nunca sucederá".
Es cierto, cuando leí esa frase vi cómo había conseguido plasmar ensiete letras el caótico desorden que llevo más de un año tratando de apaciguar dentro de mi, tratando de comprender. Y él, con siete letras, lo ha dejado transparente, traslúcido, tanto, que incluso ha conseguido asustarme haciendo que un escalofrío recorra mi espalda.
Recuerdo aquella tarde que le conocí. Tarde, mediodía. Llámalo como quieras. Yo aún no había comido. Entré en el autobús, como siempre, y me senté al fondo, con los cascos bien subidos y la música a un volúmen bien alto. Para que todo el autobús se entere de que no me entero. O porque estoy sorda. O quizá porque me gusta. Ese no es el caso. El caso es que dos paradas después y al girar la esquina, me acomodé subiendo los pies despacio y apoyándolos contra el asiento delantero, más como si estuviese en casa que en un autobús de uso público.
Y le vi. Y me miró. Es verdad, lo juro. Vi cómo sus ojos azules se entrelazaban con los míos y me robaban la respiración que hasta hacía escasos segundos me había pertenecido solamente a mí. Y me robó los latidos del corazón, que también me pertenecían solamente a mí. Y eso es verdad, porque realmente laten aún por él, pero para mí.
El caso fue que, de ahí en adelante, y durante casi un año entero, le veía a diario. Le veía a diario montarse conmigo los dos autobuses, los dos, que no uno. Ir a mi mismo instituto. Averigüé su clase. Sabía cómo se llamaba. Incluso quiénes eran sus amigos y a qué se dedicaba en su tiempo libre. La verdad esque, si me paraba a pensarlo, me veía en el claro perfil de una psicópata en potencia. La cosa radica en que yo nunca me paré a pensarlo.
Y, entonces, un día, desapareció. Así, sin más. Se fue tal y como un día había entrado en mi vida, de sopetón, bajándose para siempre de la parada de mi pecho y dejando que el corazón lata desbocado sin razón coherente. Suena catastrófico. Ciertamente lo fue.
Y fue increíble ver cómo él, y solo él, coronaba mis sueños cada noche. Un muchacho con el que nunca jamás hablé, un chaval al que no he vuelto a ver desde mayo del año pasado, un joven que con solo una mirada me volvió la cabeza loca.
Y la verdad esque, esos días en que le veía, me sentía feliz. Es cierto. Sentía una nueva vitalidad, quizá porque me miraba, quizá porque me sonreía. Quizá porque a mí me gustaba imaginarme que lo hacía.
Pocas veces le recuerdo ahora, pero cuando lo hago, le echo de menos. A él, a su mochila ajada y a sus ojos azules y penetrantes. Y a su pelo negro como el azabache. Y sus miradas de "Esta chica está loca" y a su media sonrisa, y su profunda voz. Todo. Quizá porque, desde entonces, no he vuelto a encontrarme a nadie como él, que despertase eso en mí sin siquiera cruzar una palabra. Quizá porque no duelen los recuerdos que tengo de él, como lo hacen los de tantos otros.
Cada vez se difumina más todo. Cada vez siento más lejana su voz, su pelo, su mochila. Lo que sé que nunca olvidaré son sus ojos azules, porque me quitaron la vida. Pero apenas recuerdo detalles importantes que puedan ser de ayuda a la hora de imaginar y describirle.
Sólo recuerdo que le vi. Y, entonces, mi mundo cambió.
Es cierto, cuando leí esa frase vi cómo había conseguido plasmar ensiete letras el caótico desorden que llevo más de un año tratando de apaciguar dentro de mi, tratando de comprender. Y él, con siete letras, lo ha dejado transparente, traslúcido, tanto, que incluso ha conseguido asustarme haciendo que un escalofrío recorra mi espalda.
Recuerdo aquella tarde que le conocí. Tarde, mediodía. Llámalo como quieras. Yo aún no había comido. Entré en el autobús, como siempre, y me senté al fondo, con los cascos bien subidos y la música a un volúmen bien alto. Para que todo el autobús se entere de que no me entero. O porque estoy sorda. O quizá porque me gusta. Ese no es el caso. El caso es que dos paradas después y al girar la esquina, me acomodé subiendo los pies despacio y apoyándolos contra el asiento delantero, más como si estuviese en casa que en un autobús de uso público.
Y le vi. Y me miró. Es verdad, lo juro. Vi cómo sus ojos azules se entrelazaban con los míos y me robaban la respiración que hasta hacía escasos segundos me había pertenecido solamente a mí. Y me robó los latidos del corazón, que también me pertenecían solamente a mí. Y eso es verdad, porque realmente laten aún por él, pero para mí.
El caso fue que, de ahí en adelante, y durante casi un año entero, le veía a diario. Le veía a diario montarse conmigo los dos autobuses, los dos, que no uno. Ir a mi mismo instituto. Averigüé su clase. Sabía cómo se llamaba. Incluso quiénes eran sus amigos y a qué se dedicaba en su tiempo libre. La verdad esque, si me paraba a pensarlo, me veía en el claro perfil de una psicópata en potencia. La cosa radica en que yo nunca me paré a pensarlo.
Y, entonces, un día, desapareció. Así, sin más. Se fue tal y como un día había entrado en mi vida, de sopetón, bajándose para siempre de la parada de mi pecho y dejando que el corazón lata desbocado sin razón coherente. Suena catastrófico. Ciertamente lo fue.
Y fue increíble ver cómo él, y solo él, coronaba mis sueños cada noche. Un muchacho con el que nunca jamás hablé, un chaval al que no he vuelto a ver desde mayo del año pasado, un joven que con solo una mirada me volvió la cabeza loca.
Y la verdad esque, esos días en que le veía, me sentía feliz. Es cierto. Sentía una nueva vitalidad, quizá porque me miraba, quizá porque me sonreía. Quizá porque a mí me gustaba imaginarme que lo hacía.
Pocas veces le recuerdo ahora, pero cuando lo hago, le echo de menos. A él, a su mochila ajada y a sus ojos azules y penetrantes. Y a su pelo negro como el azabache. Y sus miradas de "Esta chica está loca" y a su media sonrisa, y su profunda voz. Todo. Quizá porque, desde entonces, no he vuelto a encontrarme a nadie como él, que despertase eso en mí sin siquiera cruzar una palabra. Quizá porque no duelen los recuerdos que tengo de él, como lo hacen los de tantos otros.
Cada vez se difumina más todo. Cada vez siento más lejana su voz, su pelo, su mochila. Lo que sé que nunca olvidaré son sus ojos azules, porque me quitaron la vida. Pero apenas recuerdo detalles importantes que puedan ser de ayuda a la hora de imaginar y describirle.
Sólo recuerdo que le vi. Y, entonces, mi mundo cambió.
Braves.
Nunca te rindas. Nunca. Porque rendirte es lo peor que puedes hacer. Porque claro que te puedes caer, como todo el mundo, continuamente.
Si te caes, levántate. No te quedes nunca en el suelo, no te dejes pisotear por nadie.
Dicen que al caer hemos de aprender cómo levantarnos, que necesitamos caer para poder aprender a mantenernos en pie. Al igual que necesitamos el miedo para poder saber aprender cómo ser valientes. O sensatos. Que necesitamos la muerte para tomar constancia de cuánto vale la vida. Todo está relacionado.
Para todos aquellos que nunca jamás se han rendido y que, al final, han conseguido ganar.
Si te caes, levántate. No te quedes nunca en el suelo, no te dejes pisotear por nadie.
Dicen que al caer hemos de aprender cómo levantarnos, que necesitamos caer para poder aprender a mantenernos en pie. Al igual que necesitamos el miedo para poder saber aprender cómo ser valientes. O sensatos. Que necesitamos la muerte para tomar constancia de cuánto vale la vida. Todo está relacionado.
Para todos aquellos que nunca jamás se han rendido y que, al final, han conseguido ganar.
Child Again.
Hay tres palabras que recuerdo que me gustaban mucho cuando era niña, y las repetía continuamente. Eran "Quiero ser mayor".
No sabes lo mucho que me arrepiento ahora y las ganas que tengo de no haberlas dicho jamás.
No sabes lo mucho que me arrepiento ahora y las ganas que tengo de no haberlas dicho jamás.
jueves, 3 de febrero de 2011
martes, 1 de febrero de 2011
Trought My Remembers.
Él vivía en la puerta de enfrente. Y con la puerta de enfrente quiero decir justo la que daba en perpendicular a la puerta de ella. Ella. No hace falta decir nombres. Son Él y Ella. Y él era alto. Y moreno. Y tenía unos ojos, azules, almendrados, que te quitaban la vida. Y ella era su fan incondicional. No me malinterpretes, él ni siquiera era famoso. Pero ella, aun antes de cambiar una palabra con él, ya sabía que era el amor de su vida.
Él salía a correr todas las mañanas. Todas. Bueno, excepto los domingos pares de cada mes y los días 15 de julio. Podría contarte los días que ella se pegaba a la ventana para verle pasar, y pensar: "Hoy bajo. Hoy le saludo. De hoy no pasa" Y nunca lo hacía. Y, de hecho, nunca lo hizo. No se atrevió. Fue una cobarde. Sí, es cierto. El caso es que ella, cuando no tenía nada que hacer, le miraba por la ventana. Muchos días, los azules ojos del muchacho se enredaban en los suyos durante lo que parecía una eternidad y en realidad solamente era un segundo, dos a lo sumo. Y él sonreía, y ella, muerta de vergüenza, se refugiaba en lo que siempre consideró su santuario, su cuarto.
A ella le interesaba saber por qué los 15 de julio eran especiales para él. Pero supongo que nunca lo supo, aunque dilucidó en varias ocasiones con el tema. Parecía que su familia, aquel día, había perdido a alguien importante. Se comportaban de manera extraña y la gente desbordaba la pequeña casa que estaba frente a la de la muchacha. Justo delante de su mirada observadora. Ella se sentía como una psicópata, pero no podía evitarlo, es cierto. Sentía una especie de atracción hacia esa ventana, hacia esa vida, hacia aquel muchacho.
Y, de repente, un día, miró por la ventana y no le vio salir a correr. Miró el calendario. Era lunes. Estaba subiendo las persianas, antes de hacer la cama, antes de ir a clase. Y él no estaba corriendo. El pánico sacudió su mente. Aún tenía el corazón en un puño, y la bilis en su garganta. Y los nervios a flor de piel. Había pasado mala noche. No recordaba su sueño, pero había sido un sueño horrible que había despertado en ella sentimientos de pérdida y desolación que nunca antes había sentido. Y, sin embargo, solo era un sueño, se dijo a sí misma para apaciguar el desastre caótico que reinaba en su alma. El cristal estaba empañado. Lunes, veintitrés de Enero. Él no estaba y el cristal empañado impedía la visión más de tres minutos seguidos.
A la vuelta del colegio, pasó por su puerta. No era que él no estuviese, sino que ni siquiera había rastro humano allí dentro. Era, cuando menos, raro. Y, para ella, desesperante también. Y aquellas senaciones que la habían invadido la pasada noche y aquella misma mañana retornaron, si cabe, con más fuerza aún. Asustada, entró en la casa y cerró la puerta.
Días después, la ventana seguía empañada, y la única diferencia en la casa fue la aparición del cartel de "Se Vende". Y poco a poco, fue pensando en algo para poder saber por qué. Apuntó el número de teléfono del cartel y llamó. Una gestoría, ni siquiera era un número privado. Todo parecía perdido, pero, aludiendo a la sensibilidad de la mujer al teléfono, le explicó su historia por encima, y ésta le dió el número de la cabeza de familia. Con las manos temblorosas y un par de intentos fallidos, terminó marcando aquella misma tarde. Contestó una voz que antaño podría haber sido dulce y melodiosa y que, ahora, dejaba tal rastro de dolor y amargura que dolían sus palabras como puñales en celo. Preguntó por él.
Sólo supo que, aún una semana, un mes, un año después, retumbaba en sus oídos aquella palabra, haciéndose eco con esos sentimientos que aquel veintitrés de marzo habían despertado en ella y echado raíces hasta la fecha. Solo sabe que, la palabra "muerto" era algo que jamás debió oír. Que quizá era mejor la indiferencia a la verdad. Y, aún a día de hoy, aún se pregunta por qué le duele tanto, por qué ese vacío en el pecho, si nunca te conoció. Aún hoy trata de seguir adelante sin conseguirlo. Aunque tú la estés ayudando desde donde quiera que estés.
Y ahora se arrepiente todos y cada uno de los días de su vida, a todas y cada una de las horas que pasan, de no haber bajado aquel día, o cualquier otro. Haber bajado y haberte dicho: "Eh, qué pasa. Hola." Se arrepiente. Y odia los quince. Y los veintitrés. Y todos los días que tú no estás.
Y esque, desde que te marchaste, mi amor, mi ventana sigue estando empañada de agua y recuerdos.
Él salía a correr todas las mañanas. Todas. Bueno, excepto los domingos pares de cada mes y los días 15 de julio. Podría contarte los días que ella se pegaba a la ventana para verle pasar, y pensar: "Hoy bajo. Hoy le saludo. De hoy no pasa" Y nunca lo hacía. Y, de hecho, nunca lo hizo. No se atrevió. Fue una cobarde. Sí, es cierto. El caso es que ella, cuando no tenía nada que hacer, le miraba por la ventana. Muchos días, los azules ojos del muchacho se enredaban en los suyos durante lo que parecía una eternidad y en realidad solamente era un segundo, dos a lo sumo. Y él sonreía, y ella, muerta de vergüenza, se refugiaba en lo que siempre consideró su santuario, su cuarto.
A ella le interesaba saber por qué los 15 de julio eran especiales para él. Pero supongo que nunca lo supo, aunque dilucidó en varias ocasiones con el tema. Parecía que su familia, aquel día, había perdido a alguien importante. Se comportaban de manera extraña y la gente desbordaba la pequeña casa que estaba frente a la de la muchacha. Justo delante de su mirada observadora. Ella se sentía como una psicópata, pero no podía evitarlo, es cierto. Sentía una especie de atracción hacia esa ventana, hacia esa vida, hacia aquel muchacho.
Y, de repente, un día, miró por la ventana y no le vio salir a correr. Miró el calendario. Era lunes. Estaba subiendo las persianas, antes de hacer la cama, antes de ir a clase. Y él no estaba corriendo. El pánico sacudió su mente. Aún tenía el corazón en un puño, y la bilis en su garganta. Y los nervios a flor de piel. Había pasado mala noche. No recordaba su sueño, pero había sido un sueño horrible que había despertado en ella sentimientos de pérdida y desolación que nunca antes había sentido. Y, sin embargo, solo era un sueño, se dijo a sí misma para apaciguar el desastre caótico que reinaba en su alma. El cristal estaba empañado. Lunes, veintitrés de Enero. Él no estaba y el cristal empañado impedía la visión más de tres minutos seguidos.
A la vuelta del colegio, pasó por su puerta. No era que él no estuviese, sino que ni siquiera había rastro humano allí dentro. Era, cuando menos, raro. Y, para ella, desesperante también. Y aquellas senaciones que la habían invadido la pasada noche y aquella misma mañana retornaron, si cabe, con más fuerza aún. Asustada, entró en la casa y cerró la puerta.
Días después, la ventana seguía empañada, y la única diferencia en la casa fue la aparición del cartel de "Se Vende". Y poco a poco, fue pensando en algo para poder saber por qué. Apuntó el número de teléfono del cartel y llamó. Una gestoría, ni siquiera era un número privado. Todo parecía perdido, pero, aludiendo a la sensibilidad de la mujer al teléfono, le explicó su historia por encima, y ésta le dió el número de la cabeza de familia. Con las manos temblorosas y un par de intentos fallidos, terminó marcando aquella misma tarde. Contestó una voz que antaño podría haber sido dulce y melodiosa y que, ahora, dejaba tal rastro de dolor y amargura que dolían sus palabras como puñales en celo. Preguntó por él.
Sólo supo que, aún una semana, un mes, un año después, retumbaba en sus oídos aquella palabra, haciéndose eco con esos sentimientos que aquel veintitrés de marzo habían despertado en ella y echado raíces hasta la fecha. Solo sabe que, la palabra "muerto" era algo que jamás debió oír. Que quizá era mejor la indiferencia a la verdad. Y, aún a día de hoy, aún se pregunta por qué le duele tanto, por qué ese vacío en el pecho, si nunca te conoció. Aún hoy trata de seguir adelante sin conseguirlo. Aunque tú la estés ayudando desde donde quiera que estés.
Y ahora se arrepiente todos y cada uno de los días de su vida, a todas y cada una de las horas que pasan, de no haber bajado aquel día, o cualquier otro. Haber bajado y haberte dicho: "Eh, qué pasa. Hola." Se arrepiente. Y odia los quince. Y los veintitrés. Y todos los días que tú no estás.
Y esque, desde que te marchaste, mi amor, mi ventana sigue estando empañada de agua y recuerdos.
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