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martes, 1 de febrero de 2011

Trought My Remembers.

Él vivía en la puerta de enfrente. Y con la puerta de enfrente quiero decir justo la que daba en perpendicular a la puerta de ella. Ella. No hace falta decir nombres. Son Él y Ella. Y él era alto. Y moreno. Y tenía unos ojos, azules, almendrados, que te quitaban la vida. Y ella era su fan incondicional. No me malinterpretes, él ni siquiera era famoso. Pero ella, aun antes de cambiar una palabra con él, ya sabía que era el amor de su vida.

Él salía a correr todas las mañanas. Todas. Bueno, excepto los domingos pares de cada mes y los días 15 de julio. Podría contarte los días que ella se pegaba a la ventana para verle pasar, y pensar: "Hoy bajo. Hoy le saludo. De hoy no pasa" Y nunca lo hacía. Y, de hecho, nunca lo hizo. No se atrevió. Fue una cobarde. Sí, es cierto. El caso es que ella, cuando no tenía nada que hacer, le miraba por la ventana. Muchos días, los azules ojos del muchacho se enredaban en los suyos durante lo que parecía una eternidad y en realidad solamente era un segundo, dos a lo sumo. Y él sonreía, y ella, muerta de vergüenza, se refugiaba en lo que siempre consideró su santuario, su cuarto.

A ella le interesaba saber por qué los 15 de julio eran especiales para él. Pero supongo que nunca lo supo, aunque dilucidó en varias ocasiones con el tema. Parecía que su familia, aquel día, había perdido a alguien importante. Se comportaban de manera extraña y la gente desbordaba la pequeña casa que estaba frente a la de la muchacha. Justo delante de su mirada observadora. Ella se sentía como una psicópata, pero no podía evitarlo, es cierto. Sentía una especie de atracción hacia esa ventana, hacia esa vida, hacia aquel muchacho.

Y, de repente, un día, miró por la ventana y no le vio salir a correr. Miró el calendario. Era lunes. Estaba subiendo las persianas, antes de hacer la cama, antes de ir a clase. Y él no estaba corriendo. El pánico sacudió su mente. Aún tenía el corazón en un puño, y la bilis en su garganta. Y los nervios a flor de piel. Había pasado mala noche. No recordaba su sueño, pero había sido un sueño horrible que había despertado en ella sentimientos de pérdida y desolación que nunca antes había sentido. Y, sin embargo, solo era un sueño, se dijo a sí misma para apaciguar el desastre caótico que reinaba en su alma. El cristal estaba empañado. Lunes, veintitrés de Enero. Él no estaba y el cristal empañado impedía la visión más de tres minutos seguidos.

A la vuelta del colegio, pasó por su puerta. No era que él no estuviese, sino que ni siquiera había rastro humano allí dentro. Era, cuando menos, raro. Y, para ella, desesperante también. Y aquellas senaciones que la habían invadido la pasada noche y aquella misma mañana retornaron, si cabe, con más fuerza aún. Asustada, entró en la casa y cerró la puerta.

Días después, la ventana seguía empañada, y la única diferencia en la casa fue la aparición del cartel de "Se Vende". Y poco a poco, fue pensando en algo para poder saber por qué. Apuntó el número de teléfono del cartel y llamó. Una gestoría, ni siquiera era un número privado. Todo parecía perdido, pero, aludiendo a la sensibilidad de la mujer al teléfono, le explicó su historia por encima, y ésta le dió el número de la cabeza de familia. Con las manos temblorosas y un par de intentos fallidos, terminó marcando aquella misma tarde. Contestó una voz que antaño podría haber sido dulce y melodiosa y que, ahora, dejaba tal rastro de dolor y amargura que dolían sus palabras como puñales en celo. Preguntó por él.

Sólo supo que, aún una semana, un mes, un año después, retumbaba en sus oídos aquella palabra, haciéndose eco con esos sentimientos que aquel veintitrés de marzo habían despertado en ella y echado raíces hasta la fecha. Solo sabe que, la palabra "muerto" era algo que jamás debió oír. Que quizá era mejor la indiferencia a la verdad. Y, aún a día de hoy, aún se pregunta por qué le duele tanto, por qué ese vacío en el pecho, si nunca te conoció. Aún hoy trata de seguir adelante sin conseguirlo. Aunque tú la estés ayudando desde donde quiera que estés.
Y ahora se arrepiente todos y cada uno de los días de su vida, a todas y cada una de las horas que pasan, de no haber bajado aquel día, o cualquier otro. Haber bajado y haberte dicho: "Eh, qué pasa. Hola." Se arrepiente. Y odia los quince. Y los veintitrés. Y todos los días que tú no estás.

Y esque, desde que te marchaste, mi amor, mi ventana sigue estando empañada de agua y recuerdos.

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