Ella miraba por la ventana. Él, también. Y se querían, se querían mucho. Estaban juntos, y parecía que nada importaba. Él iba a proponerle un noviazgo pronto. La amaba desde hacía tanto tiempo...
Pero bueno, estas cosas de la vida son tan imprevisibles como perecederas, tan impactantes como mortíferas. Cuando se quisieron dar cuenta, ya era tarde.
La leucemia se había extendido por todo su cuerpo. Pero esto es algo que ella no supo en un principio. Él suspiró. Con un par de vanas excusas, cortó la relación por lo sano, para que ella sufriese menos. Y, un día, ella llamó a su casa. Y él no contestó. Él ya no estaba.
Simplemente. Atroz, mortífera, la vida. Les sacudió a los dos. Principalmente. Les dejó sin aliento, tendidos en el suelo, fuera de juego, sin saber cómo volver al campo. Perdidos, sin centro, sin norte, pero tampoco sur o cualquier otro punto cardinal.
Él se fue. Él se fue un enero frío y húmedo. Quizá el tiempo se compadeció de nuestra historia: no lo sé. Solo se que él se fue antes de que yo pudiese confesarme. Antes de que pudiese decirle cuánto le amo, o demostrárselo, o... Se fue. Se fue y ya está. Y no puedo quedarme cuando él no está, no puedo. No puedo con ello.
Nunca le tuve. Pero le quise. Y sé que él me quiso. Espero que eso, en algún otro momento, y aunque no crea en Dios... espero que eso pueda ser suficiente. En otra vida. o Más Allá. Espero encontrarte, mi amor.
"Tú nunca serás mío. Y, por eso, te tendré para siempre."

No hay comentarios:
Publicar un comentario