"Es triste soñar algo que nunca sucederá".
Es cierto, cuando leí esa frase vi cómo había conseguido plasmar ensiete letras el caótico desorden que llevo más de un año tratando de apaciguar dentro de mi, tratando de comprender. Y él, con siete letras, lo ha dejado transparente, traslúcido, tanto, que incluso ha conseguido asustarme haciendo que un escalofrío recorra mi espalda.
Recuerdo aquella tarde que le conocí. Tarde, mediodía. Llámalo como quieras. Yo aún no había comido. Entré en el autobús, como siempre, y me senté al fondo, con los cascos bien subidos y la música a un volúmen bien alto. Para que todo el autobús se entere de que no me entero. O porque estoy sorda. O quizá porque me gusta. Ese no es el caso. El caso es que dos paradas después y al girar la esquina, me acomodé subiendo los pies despacio y apoyándolos contra el asiento delantero, más como si estuviese en casa que en un autobús de uso público.
Y le vi. Y me miró. Es verdad, lo juro. Vi cómo sus ojos azules se entrelazaban con los míos y me robaban la respiración que hasta hacía escasos segundos me había pertenecido solamente a mí. Y me robó los latidos del corazón, que también me pertenecían solamente a mí. Y eso es verdad, porque realmente laten aún por él, pero para mí.
El caso fue que, de ahí en adelante, y durante casi un año entero, le veía a diario. Le veía a diario montarse conmigo los dos autobuses, los dos, que no uno. Ir a mi mismo instituto. Averigüé su clase. Sabía cómo se llamaba. Incluso quiénes eran sus amigos y a qué se dedicaba en su tiempo libre. La verdad esque, si me paraba a pensarlo, me veía en el claro perfil de una psicópata en potencia. La cosa radica en que yo nunca me paré a pensarlo.
Y, entonces, un día, desapareció. Así, sin más. Se fue tal y como un día había entrado en mi vida, de sopetón, bajándose para siempre de la parada de mi pecho y dejando que el corazón lata desbocado sin razón coherente. Suena catastrófico. Ciertamente lo fue.
Y fue increíble ver cómo él, y solo él, coronaba mis sueños cada noche. Un muchacho con el que nunca jamás hablé, un chaval al que no he vuelto a ver desde mayo del año pasado, un joven que con solo una mirada me volvió la cabeza loca.
Y la verdad esque, esos días en que le veía, me sentía feliz. Es cierto. Sentía una nueva vitalidad, quizá porque me miraba, quizá porque me sonreía. Quizá porque a mí me gustaba imaginarme que lo hacía.
Pocas veces le recuerdo ahora, pero cuando lo hago, le echo de menos. A él, a su mochila ajada y a sus ojos azules y penetrantes. Y a su pelo negro como el azabache. Y sus miradas de "Esta chica está loca" y a su media sonrisa, y su profunda voz. Todo. Quizá porque, desde entonces, no he vuelto a encontrarme a nadie como él, que despertase eso en mí sin siquiera cruzar una palabra. Quizá porque no duelen los recuerdos que tengo de él, como lo hacen los de tantos otros.
Cada vez se difumina más todo. Cada vez siento más lejana su voz, su pelo, su mochila. Lo que sé que nunca olvidaré son sus ojos azules, porque me quitaron la vida. Pero apenas recuerdo detalles importantes que puedan ser de ayuda a la hora de imaginar y describirle.
Sólo recuerdo que le vi. Y, entonces, mi mundo cambió.

No hay comentarios:
Publicar un comentario