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viernes, 4 de febrero de 2011

True Story.

 Esta no es una historia cualquiera. Esta es la historia de dos personas que se amaban con toda su alma, que habían entregado sus corazones contra viento y marea en pos de conseguir su sueño. Es una historia de amor tan linda como increíble.
Y lo lograron. Casi. Es curioso como una simple palabra puede marcar tamaña diferencia. Casi lo lograron.

Él la quiso. Y ella también le quería. No diré nombres, pues no es necesario. Como ya digo, Ella le quiso y él a veces también la quería. Se amaban , es verdad, testigo soy de ello. Pero supongo que, pese a lo que dicen, el amor no es tan poderoso. Puede serlo, claro que sí, pero no suele salir victorioso a los vaivenes desconsiderados con los que el destino ataca despiadado.

Ellos, ambos, nacieron en un pequeño pueblo. Tú dirás: ¿Dónde? Y yo te respondo: ¿qué más da? Nacieron en un pueblo, el mismo, y era pequeño. Tampoco hace falta más. Crecieron juntos. Toda su infancia, toda su vida. Fueron confidentes, pero fueron más que eso. Al principio, el ni contigo, ni sin ti. Los roces de amigos, de mejores amigos, casi como hermanos. Pero el tiempo fue motivando sus corazones, de modo que cuando cumplieron la adolescencia, descubrieron que, cuando se miraban el uno al otro, el tiempo se detenía. Y después se reanudaba, más rápido, para recobrar el tiempo perdido. Y pactaron que solo Dios separase lo que aquel día había juntado.

Ellos se enamoraron un 23 de septiembre de 1948. Bueno, yo personalmente opino que llevaban enamorados toda una vida. Pero la época no les acompañaba. Sus padres se vieron obligados a emigrar, y apartaron de ahí al pobre muchacho. Él tuvo que marcharse por su familia, aunque personalmente jamás hubiese abandonado al amor de su vida.

"Ni Romeo, ni Julieta... o los Amantes de Teruel. Ni el mayor caso de amor se llegaron a querer como se quieren los dos."

Se asentó como pudo en aquella ciudad alejada. Alejada de ella, aunque cercana a todo lo demás. Ella era su punto de referencia. Ella era su civilización, su familia, su brújula dorada. Ella. Y, en su caso, esa palabra abarcaba mucho más de lo que a simple vista puede parecer.

Encontraron trabajo. Trabajaron. Se escribían casi diariamente al principio. Después, con el ajetreo de la gran ciudad, las cartas del muchacho comenzaron a llegar más escasas y tardías. Los días se convirtieron en semanas, y las semanas, en meses, y los meses dieron paso a los años más dolorosos y vacíos que ambos hubiesen soportado nunca antes.

Y el tiempo cambió a la muchacha por una mujer. Una mujer preciosa. Cabello rubio, ojos verdes, mejillas sonrosadas. Los ojos, sin embargo opacos a diferencia de cuando se perdían en el ámbar guía de los de él.

Y cambió al muchacho por un hombre. Alto, moreno, fornido. Manos callosas, de trabajar. Cara pecosa a causa del sol. Arrugas en la cara por la sonrisa permanentemente fingida.

Y ambos se vieron obligados a rehacer su vida, habiendo admitido, con aquella última carta, la indubitable verdad absoluta: Tenían que seguir. Aquello no saldría bien. Los sueños, sueños son, y en sueños permanecerán.

Y ahora que ya son mayores, se perdieron las promesas. Aunque sigan con esa pena, aunque no se han olvidado.

Cada uno guarda la foto del otro bajo la almohada. Y yacen junto a sus parejas. Y ven crecer a sus hijos, morir a sus padres. El tiempo pasa, aunque para ellos se halla quedado estancado en aquel momento en que sus ojos se enfrascaron, perdiéndose en los otros por última vez. Hace ya más de cuarenta años.

Y, un día, se levantan y son mayores. Se levantan y sienten achaques, y apenas pueden moverse, y sus ojos titilan brillantes a causa de los innumerables recuerdos que surcan su mente en busca de un sueño al que aferrarse, una ilusión que remiende esa esperanza antaño hecha jirones.

 Y un día una mujer con el pelo encanecido, completamente blanco, se balancea a la puerta de una residencia, mirando la carretera donde le vio partir. Rezando. Esperando. Como había estado toda su vida. Esperándole.
Y, de pronto, la promesa se ha cumplido. El volvió un día al pequeño pueblo, a su tierra, donde ella aún residía. Y se fue a vivir a un asilo. El mismo en que vive ella.

Dos ancianos que se quieren aunque nunca han podido tenerse. Pero se han encontrado. Y, ahora, pueden ser felices... al fin.

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